miércoles 20 de enero de 2010
Hemos visto que la voluntad o poder del Yo se invierte en deseo en los planos de materia densa, y que cegada por la materia e incapaz de ver su camino, la impulsan las atracciones y repulsiones que llegan a su periferia. Vimos más adelante cómo se relaciona el deseo con la inteligencia y al interactuar estos dos aspectos engendran las emociones con características de su madre el deseo y de su padre la inteligencia. También hemos estudiado los métodos de regular las emociones, para utilizarlas en beneficio y no en daño de la evolución humana.
Vamos ahora a considerar como esta voluntad. la oculta fuerza motora de lii actividad, siquiera de la actividad indisciplinada, se va libertando lentamente hasta lograr el albedrío. Examinemos de momento lo que significamos con la palabra "libertad". Aunque esencial y fundamentalmente libre en su origen. romo potencia del Yo. la voluntad queda libada y limitada en sus intentos de dominar la materia en que el Yo se ha incorporado.
La materia domina al Yo y no el Yo a la materia, porque el Yo se identifica con ella, y como por su medio quiere, piensa y obra. le parece que la materia es él e iluso exclama: "¡Soy esto! Pero a pesar de que la materia lo ata y limita, cuando a sí mismo se siente, exclama: "¡Soy libre!" Sin embargo, ci dominio del Yo por la materia es temporáneo, porque la materia cambia, muda. se altera y las invigorizadas fuerzas del Yo permanente en lo transitorio, inconscientemente la modelan, atraen y rechazan de continuo.
Vengamos a la etapa de evolución humana en que la memoria es más poderosa que el instintivo apetito del placer y repulsión del dolor, en que la inteligencia gobierna el deseo y la razón prevalece contra el impulso. Va a cosecharse el resultado de una prolongada etapa de evolución, y uno de sus frutos es la libertad. Mientras la voluntad se manifiesta en forma de deseo cuya dirección determinan las atracciones externas, no está libre sino evidentemente sojuzgada. Así como un ser viviente queda movido por una fuerza superior a el en la dirección de dicha fuerza. así también la voluntad queda impelida por el empuje de los objetos a lo largo del sendero que le promete placeres fáciles d" lograr. No actúa como fuerza albédrica del Yo. sino que al contrario. el Yo está compelido por la atracción externa. Ninguna más vivida imagen del Yo bajo estas condiciones puede darse que la ya citada de una antigua Escritura india, que representa el Yo como el desvalido conductor de un vehículo cuyos indómitos caballos son los sentidos que lo arrastran en pos de los objetos de placer. Aunque la voluntad sea la verdadera potencia del Yo mientras se ve arrastrada por estos indómitos caballos está sujeta y no libre. Error es hablar del albedrío de un hombre esclavo de los objetos circundantes. Es siervo y no puede elegir, pues aun cuando supongamos en él la facultad de elegir el sendero de las atracciones que le arrastran, no hay en realidad elección ni por pensamiento. Mientras las atracciones y repulsiones tracen el sendero, es locura vana hablar de libertad, y a pesar de que el hombre se figure elegir el objeto apetecible, el sentimiento de libertad es ilusorio porque le arrastran la atracción del objeto y el deseo de placer. Es tan libre como el hierro de moverse atraído por el imán cuya potencia determina el movimiento con que la naturaleza del hierro responde a la atracción. Para mejor comprender lo que significamos por voluntad libre, conviene obviar la dificultad dimanante de la palabra elección". Cuando nos parece que somos libres de elegir ¿equivale esta llamada libertad de elección a voluntad libre? ¿No fuera mejor afirmar que la libertad de acción tan sólo denota que ninguna fuerza externa nos obliga a elegir entre dos alternativas? Pero esto entraña otra pregunta mucho más importante: Porque ser libres de actuar, una vez hecha la elección, difiere mucho de si somos "libres" de elegir o si la elección está determinada por algo extraño. Suele aducirse en prueba del albedrío la facultad que. por ejemplo, tiene el hombre de salir o no dé un aposento, de soltar o no un peso: pero este argumento es ajeno al asunto. Nadie niega la facultad de una persona que no esté cohibida físicamente para salir o no de un aposento ni para soltar o retener un peso. Lo pertinente es saber el por qué de la elección, cuyo análisis nos enseña que está determinada por un motivo, y así arguyen los deterministas diciendo: "Los músculos pueden retener o soltar el peso; pero si debajo hubiese un objeto frágil de mucho valor no lo soltaríais. La elección está determinada por motivos entre los que prevalece el más poderoso". Por lo tanto. la cuestión no está en si somos libres de actuar, sino en si somos libres de querer, y vemos claramente que la voluntad está determinada por el motivo más poderoso, y que mientras tal suceda tendrá razón el determinista.
Verdaderamente, el hecho de que la voluntad esté determinada por el motivo más poderoso es el fundamento de toda sociedad organizada, de toda ley. de toda responsabilidad, de toda penalidad, de toda educación. El hombre que no esté así determinado es irresponsable y demente, un ser a quien no cabe demandar ni con quien es posible discutir ni en quien podemos confiar: un ser sin razón ni lógica ni memoria ni atributo alguno de hombre. Las leyes declaran irresponsable al que obra sin motivo determinante, sin razones que le muevan.
Se le declara demente y no se le inflinge penalidad legal. Acaso quepa llamar "libre" a la voluntad cuya energía sigue tal o cual dirección y en ella actúa sin motivo ni razón ni sentido; pero esto no es lo que significamos por albedrío, cuyo sereno examen necesita apoyarse en el antecedente de una voluntad determinada por el motivo más poderoso. ¿Acaso significa, pues, albedrío o voluntad libre? A lo sumo no va más allá de una libertad relativa y condicionada, pues el separado Yo es parte del todo, que debe ser mayor y contener a las partes. Esto puede aplicarse también al Yo y los cuerpos que lo envuelven. Nadie negará que los cuerpos están sujetos a la ley, y en la ley y sólo por la ley se mueven en recíproca relación, por virtud de las innumerables fuerzas interactuantes que los contrabalancean variada e indefinidamente en multitud de posibilidades a propósito para darles movimiento libre, no obstante la rigidez de su atadura a la ley. También el Yo está en el reino de la ley, es decir, es la misma ley porque participa de la naturaleza del Ser de todos los seres. Ningún Yo separado puede emanciparse del Yo universal, y por muy libremente que pueda moverse en relación a los demás Yos separados, no puede en modo alguno moverse fuera de la vida que lo anima y es su naturaleza y su ley y en ella vive y se mueve. Las partes no constriñen a las partes; los separados Yos no constriñen a los Yos separados; pero el todo sí constriñe y gobierna a las partes, y el Yo universal constriñe y gobierna a los dos Yos. No obstante, puesto que los Yos son el Yo, la libertad surge de manifiesta dependencia, sin que ninguna otra cosa le compela .Esta libertad de una parte respecto a las demás partes y de sujeción al todo se echa de ver claramente en la naturaleza física. Nosotros formamos parte de un mundo que gira en el espacio alrededor de su eje en perpetua dirección a Oriente; pero no advertimos su movimiento porque vamos arrastrarlos en él y todo se mueve al propio tiempo y en la misma dirección.
Hacia Oriente giramos con nuestro mundo y no podemos mudar de dirección. Sin embargo, relativamente a los demás y a los sitios en que estamos, podemos movernos libremente y mudar nuestras respectivas posiciones. Podemos ir hacia el Occidente de una persona o lugar, aunque de continuo estemos ambos girando hacia Oriente. Tendremos conciencia del movimiento de una parte respecto a otra, por débil y lento que sea, mientras que estaremos enteramente inconscientes del celérrimo giro que arrastra a todas las partes en marcha siempre progresiva hacia Oriente. Y diremos en nuestra ignorancia: He aquí que me he movido hacia Occidente". Pero el supremo Dios podría reírse despectivamente de la ignorancia del pigmeo que habla de la dirección de su movimiento particular en el seno del movimiento universal; si no conociese esta gran verdad a un tiempo falsa y verdadera. Así .veremos de nuevo cómo la suprema Voluntad adelanta indesviablemente por el sendero de la evolución e impele a todos los seres a caminar por él, dejándolos en libertad de recorrerlo a su manera y de proceder según les acomode en su inconsciente actuación, porque todo linaje de obras y todo procedimiento de progreso es necesario para la plenitud de esta Voluntad; todo es útil y tiene adecuado empleo. Por ejemplo, si un hombre se ha formado un noble y generoso carácter, si alimentó elevadas aspiraciones y procuró siempre servir fiel y lealmente a sus semejantes, nacerá en donde las circunstancias clamen por hombres activos, y la suprema Voluntad quedará cumplida por su medio en la nación que de este auxilio necesite y en ella desempeñará el papel de héroe en el drama escrito por el supremo Autor; pero la habilidad para desempeñarlo ha de ser obra propia del hombre. En cambio, si cede a las tentaciones, si se capacita para el mal. emplea siniestramente sus poderes y menosprecia la misericordia, justicia y verdad en el proceder de su vida cotidiana, nacerá en donde la opresión, la crueldad y las matas artes sean necesarias, y también se cumplirá por su medio la suprema Voluntad en una nación que esté sufriendo los resultados kármicos de pretéritos males, y será uno de los cobardes tiranos que cruel y depravadamente oprimen a la nación en donde nacen. También este es el papel escrito por el supremo Autor, y obra del propio hombre la capacidad para desempeñarlo. Así actúan las voluntades menores en el seno de la suprema Voluntad.
Puesto que la voluntad está, según vemos, determinada por el motivo y condicionada por los límites de la materia que envuelve al separado Yo y por el Yo universal de croe es parte y cuya Voluntad manifiesta, ¿qué significa el albedrío? Significa indudablemente que la libertad ha de estar determinada desde el interior y la servidumbre desde el exterior. La Voluntad es libre cuando el Yo que quiere actuar toma el motivo de su volición de fuentes internas y no de externas. Verdaderamente ésta es la libertad, porque el gran Yo en cuyo seno se mueve el Yo es uno con él; "Yo soy Aquél". Y el Yo todavía superior en que se mueve el gran Yo es uno con él y también dice: ' Yo soy Aquél". Y así sucesivamente, en cada vez más dilatados términos, ya se trate de sistemas de mundos o de sistemas de universos, de modo que el más ínfimo Yo vuelva su vista hacia dentro y no hacia fuera y reconozca su unidad con el Yo interno, con el Pratyagâtmâ, el Uno, y que por lo tanto es verdaderamente libre. Así, mientras mire hacia fuera, se verá siempre encadenado, aunque sin cesar se amplíen los muros de su cárcel; pero al mirar a su interior se verá perpetuamente libre, porque es Brahmán, el Eterno.
Cuando un hombre logra determinarse por sí mismo, puede decirse que es libre en el recto sentido de la palabra libertad, y su albédrica determinación no es servidumbre en el opresor significado de esta palabra. Todo cuanto en mi íntimo Yo me resuelva a hacer, sin que nadie me obligue, llevará el sello distintivo entre la libertad y la esclavitud. ¿Hasta qué punto podemos decir que nuestra voluntad es libre en el sentido que hemos dado a la palabra libertad? Por la mayor parte, pocos pueden reivindicar esta libertad más que en corta medida, pues sin contar la ya mencionada servidumbre de las atracciones y repulsiones, estamos aprisionados entre los canales abiertos por nuestros pasados pensamientos y hábitos (sobre todo por nuestra establecida modalidad mental) por las cualidades y defectos traídos de pasadas vidas, por las potencias y flaquezas congénitas, por nuestra educación y ambiente, por las imperativas constricciones de nuestra etapa de evolución, por la herencia física y las tradiciones de país y raza. De aquí que tan sólo nos reste un angosto sendero por donde camine la voluntad que tropieza en un pasado erigido en infranqueable muralla por el presente.
En ningún intento y propósito es libre la voluntad. Está en vías de serlo y lo será tan sólo cuando el Yo haya dominado por completo sus vehículos y los utilice para sus propios propósitos, enteramente responsivos a los impulsos del Yo y no como indómito y fogoso animal movido por loa deseos y apetitos personales. Cuando el Yo trasciende la ignorancia y vence los hábitos que la señalaron en el pasado, queda libre, y entonces cabrá comprender el significado de la paradoja: "en cuyo servicio está la libertad perfecta", porque echaremos de ver que no existe la separatividad, que no hay voluntad independiente, que por virtud de nuestra divina naturaleza, nuestra voluntad es parte de la voluntad divina, que en el transcurso de nuestra larga evolución nos da la fuerza necesaria para proseguirla, y que al reconocer la Voluntad una adquirimos la libertad. Estas ideas ponen fin a la secular controversia entre los defensores del libre albedrío y los deterministas, pues reconociendo por una parte la razón que éstos llevan, mantienen y justifican el interno sentimiento de todo hombre, que le dice: "Eres libre y no esclavo". Esta idea de la energía espontánea, del poder influyente de la intimidad de nuestro ser, se funda en la misma índole esencial de la conciencia, en el divino y por lo tanto libre Yo.
¿A QUÉ TANTA LUCHA?
El estudio, siquiera sucinto, de la porción del universo en que nos hallamos, nos demuestra que uno de sus fines, sino el único, es el de producir seres vivientes de poderosa inteligencia y Esto sólo se logra cuando la vida del Yo anima la materia de sus vehículos en vez de animar la esencia elemental que propende a descender; esto es, cuando la ley del Espíritu de Vida substituye a la ley de pecado y muerte, recia voluntad capaces de tomar parte activa en el desenvolvimiento y guía de las actividades de la naturaleza y cooperar al plan general de evolución. Un más amplio estudio a favor de las potencias internas, que podemos educir, y con auxilio de las antiguas Escrituras, nos enseñará que este nuestro mundo no es el único, sino que forma parte de una serie de mundos y en la evolución de su humanidad recibió el auxilio de hombres superiores, y ha de producir otros hombres del mismo nivel para ayuda de mundos más jóvenes en edades futuras. Por otra parte, nos demuestra dicho estudio la existencia de una vasta jerarquía de seres súperhumanos, guías y directores de la evolución, y que el centro del universo es el trino Logos, dueño y señor de su sistema. También advertiremos que el futuro de un sistema no solamente es una gran jerarquía de poderosas Inteligencias cuyos grados disminuyen de esplendor según descienden, sino igualmente lo es la perfección suprema del Logos que todo lo corona. Y este estudio nos irá descubriendo horizontes de creciente esplendor, universos que tienen sistemas por mundos, y así sucesivamente en siempre más dilatados espacios de ilimitada gloria, henchidos de la vida infinita. Y entonces sobreviene la pregunta: "¿Por qué medios evolucionarán estos potentes Seres que del polvo se alzan a las estrellas y de estas estrellas, polvo de más vastos sistemas, a los astros que son respecto de ellas lo que nuestro sol al fango de la tierra?"
Prosiguiendo así el estudio, no encontrará nuestra imaginación otro sendero que el del sufrimiento y prueba que hoy hollamos nosotros, para que por él hayan podido alcanzar estos equilibrados Seres, ya dueños de sí mismos, las alturas de perfección, las cumbres de infalible sabiduría que los capacita par.» constituir la "naturaleza" de un sistema. Porque si existiese un Dios extracósmico de índole distinta a la del Yo que vemos evolucionar en torno nuestro con armonía y certidumbre inquebrantables, un Dios inestable, arbitrario, antojadizo, voluble, mudable, podría suceder que de 'todo este caos surgiese un ser llamado "perfecto", pero seguramente más imperfecto por más limitado, y que desnudo de toda experiencia pretérita carecería de razón y juicio y a lo sumo podría actuar como una máquina en un sistema cuyos prefijados movimientos acompasaría automáticamente. Pero un Dios de esta naturaleza sólo sería apto para un sistema sin que tuviera utilidad ni poder alguno en otro distinto; y la vida, que consiste en la variada adaptación a condiciones mudables, no podría existir en dicho sistema, sin que se desintegrara y desapareciera su centro. Las tribulaciones del sendero por donde hoy caminamos nos predisponen a cuantas contingencias puedan sobrevenir en los futuros universos donde hayamos de actuar, y este resultado bien merece los sufrimientos a que ahora nos expongamos. Tampoco debemos olvidar que estamos en este mundo porque hemos querido educir nuestros poderes mediante las pruebas de la vida en los planos inferiores; que nosotros mismos hemos escogido nuestra suerte sin imposición extraña; que nos vemos aquí por nuestra propia "voluntad de vivir"; que si esta voluntad mudase, aunque no es posible, cesaríamos de vivir y volveríamos al seno de la Paz sin cosechar el fruto cuya simiente vinimos a sembrar.'"Nadie nos obliga".
Algunos métodos divulgados entre las gentes aconsejan concentrar el pensamiento en el plexo solar y "vivir bajo su influencia". El sistema simpático, cuyo centro capital es el plexo solar, gobierna las funciones cardíacas, pulmonares y digestivas; pero. como ya hemos expuesto estas funciones vitales pasaron al dominio del sistema simpático en d transcurso de la evolución, según fue predominando el sistema cerebro-espinal, y así resulta que la restitución de estas funciones al dominio de la voluntad, mediante la concentración del pensamiento, es regresar en vez de progresar, aunque por ello se alcance cierto grado de clarividencia. Este método, conforme dijimos, tiene en la India gran número de partidarios en el sistema llamado del hâtha yoga, que enseña a sojuzgar los movimientos cardiacos, pulmonares y digestivos, hasta el punto de paralizar los latidos, contener la respiración e invertir los movimientos peristálticos del intestino. Pero una vez conseguido esto ¿qué ganancia hay en ello? Haber puesto bajo el dominio de la voluntad un sistema automatizado en el transcurso de la evolución con mucha ventaja para el hombre físico, por lo que en vez de adelantar habremos retrocedido en la senda evolutiva. Este método amenaza con el definitivo fracaso, aunque de momento produce resultados de aparente utilidad.
Además, la concentración del pensamiento en un centro del sistema simpático, y sobre lodo en el plexo solar, entraña un grave peligro físico, a menos que el estudiante esté bajo la dirección de su Maestro o sea capaz de transportar a su cerebro físico las instrucciones recibidas de planos superiores. Su concentración mental en el plexo solar puede producir enfermedades de muy perniciosa índole, tales como profunda melancolía, casi imposible de curar, hondo abatimiento y a veces la parálisis. No ha de marchar por este camino el discreto, estudiante que anhele llegar al conocimiento del Yo, porque una vez obtenido este conocimiento, el cuerpo físico es un instrumento dócil a la influencia del Yo. y todo cuanto debemos hacer entretanto es purificarlo y retinarlo de suerte que se ponga en armonía con los vehículos superiores y vibre rítmicamente con ellos. Así será el cerebro más responsivo y por el pensamiento y la meditación (sobre elevadas ideas y no sobre el mismo cerebro) se retinará progresivamente hasta llegar a ser un órgano perfecto. Así adelantamos en el sendero de la evolución mientras que retrocederíamos si actuáramos directamente en los plexos simpáticos.
Muchos vinieron en demanda de que se les librara de los sufrimientos derivados de estas prácticas y sólo cupo responderles que se necesitarían muchos años para remediar el mal. Cierto es que volviendo atrás pueden obtenerse más fáciles resultados; pero mucho mejor es arrostrar las dificultades de una larga ascensión y servirse del instrumento físico desde arriba y no desde abajo.
En el tratamiento de las enfermedades por la voluntad, conviene precaver también el peligro de transferir a un vehículo superior la enfermedad eliminada del físico, porque toda dolencia corporal es, con pocas excepciones, el definitivo resultado de un mal ya existente en los planos superiores, por lo que es mucho mejor entonces esperar su resolución, que restituirlo de por fuerza al vehículo sutil en donde se engendró. La enfermedad física es muchas veces la última consecuencia de un mal pensamiento o un mal deseo, y en tales casos mejor conviene la terapéutica física porque no retrollevará la dolencia al vehículo sutil como lo haría la terapéutica mental. El magnetismo curativo no ofrece riesgo, pues corresponde al plano físico y puede emplearlo impunemente toda persona de puros pensamientos y deseos; pero en cuanto la voluntad interviene en el plano físico, hay peligro de que por reacción vuelva el mal al vehículo de procedencia.
Sin embargo, si la cura mental se efectúa por la purificación de los pensamientos y los deseos, influirán éstos luego de purificados en el cuerpo físico sin riesgo alguno, pues el restablecimiento de la armonía física por medio del equilibrio de tos cuerpos astral y mental es un buen método terapéutico, aunque no tan rápido y mucho más difícil que la curación por voluntad. La pureza de mente equivale a la salud del cuerpo, y esta verdad ha movido a muchos al empleo de la terapéutica mental. El hombre de mente pura y equilibrada, no padecerá enfermedades agudas, si bien cabe que haya de pagar alguna deuda kármica o sufrir las discordancias ajenas. Pureza y salud son inseparables; pero cuando un santo enferma, es para apurar los efectos de un mal pensamiento pasado o sufrir las consecuencias de las discordias del mundo, para armonizarlas en sus vehículos y devolverlas en comentes de paz y benevolencia. A muchos admira que los hombres más buenos y puros sufran a la par física y mentalmente; pero sufren por los demás, no por ellos, y son en verdad magos blancos que en el crisol de sus cuerpos doloridos transmutan por espiritual alquimia los viles metales de las humanas pasiones en el oro purísimo del amor y la paz. Aparte de lo referente a los medios de actuar en el cuerpo por la voluntad, preguntan las mentes reflexivas si es lícito servirnos de ella en nuestro natural provecho, pues ¿no degradamos este restablecimiento de la salud corporal? ¿Es bien que la divina potencia convierta en pan las piedras y caiga así en la tentación que resistió Cristo? Sea histórico o místico este pasaje de los Evangelios, no deja de entrañar una verdad espiritual y un ejemplo de obediencia perfecta a la ley oculta. La respuesta de Cristo es de todos modos verdadera: "No con sólo pan vivirá el hombre, mas con toda palabra de Dios". Esta ética parece ser mucho más elevada que la que pone lo divino al servicio del cuerpo físico, pues uno de los peligros de nuestra época está en la adoración del cuerpo, que lo encumbra a un demasiado alto pináculo, como reacción consiguiente al exagerado ascetismo. Al emplear la voluntad en servicio del cuerpo la esclavizamos a él, y al procurar libramos de todo sufrimiento y dolor sofocamos la valiosa virtud de la paciencia, resultando de ello que nos irritamos en cuanto el más leve sufrimiento resiste a la voluntad, cuya superior potencia queda entonces invalidada para gobernar y sostener el cuerpo en los más acerbos sufrimientos. La vacilación en emplear el poder de la voluntad para alivio del cuerpo no nace de la duda respecto al valor terapéutico del pensamiento ni de la verdad de la ley sobre que se funda su acción curativa, sino que nace del temor de que los hombres caigan en la tentación de convertir la voluntad que debe elevarlos a los reinos espirituales, en sierva del cuerpo físico y quedar sin su ayuda en horas de necesidad. Hay una ley oculta que a todo iniciado obliga y le prohíbe emplear sus poderes en provecho propio, pues si tal hiciera perdería el de ayudar a los demás, y fuera insensatez preterir lo menor a lo mayor. La tentación de Cristo encierra un significado mucho más profundo del que generalmente se le atribuye, porque si hubiese empleado sus ocultos poderes para convertir en pan las piedras a fin de satisfacer el hambre, en vez de esperar pacientemente el alimento traído por los Seres brillantes, no fuera después capaz de sufrir el místico sacrificio de la Cruz. Profunda verdad oculta encerraba aquel sarcasmo de los sayones al decirle: "A otros salvó, a sí mismo no puede salvar". No debía servirse en provecho propio, para mitigar sus sufrimientos, de aquellos poderes que habían devuelto la vista a los ciegos y sanado a los leprosos. Quienes no tengan otra mira que su personal salvación, no acepten la divina misión de salvadores del mundo. Al llegar a cierto punto de la evolución será necesario proseguir por una o por otra vía. Si eligen la inferior y ponen sus poderes al servicio del personal provecho y del bienestar del cuerpo, han de renunciar a la altísima misión de emplearlos en redimir a la raza humana. La actividad mental es tan intensa en nuestros días, que como nunca se necesita emplear sus poderes en elevadísimos fines.
MAGIA BLANCA Y NEGRA
PAZ
Sin embargo, es capaz de sumergirse en la tribulación para librar de ella a otros, sin perder pie de la inconmovible roca de la divinidad que conscientemente reconoce. En verdad es Dueño, y la misma paz de que él goza pueden sentirla de cuando en cuando, temporáneamente al menos, cuantos se esfuerzan en hollar el mismo sendero, aunque todavía no hayan puesto los pies en la inconmovible roca de su divinidad. La unión de la separada voluntad con la única Voluntad, a fin de auxiliar al mundo, es meta de más valioso alcance que cuantos bienes se nos puedan ofrecer. No separarnos de los demás seres, sino unirnos a ellos: no lograr la paz y felicidad para sí solo. sino decir con el bienaventurado Buda: "Jamás querré la paz para mí solo, sino que lucharé siempre y por doquier sufriré y lucharé hasta que todos la logren conmigo".
Tal es el coronamiento de la humanidad. Según sintamos que el sufrimiento y la lucha son mucho más eficaces en proporción que suframos el dolor ajeno y no el nuestro, mayormente nos acercaremos a Dios y recorreremos el sendero "estrecho como filo de navaja" en que los grandes Seres nos precedieron. Entonces comprenderemos que la Voluntad que por él nos guió y en él llegó a la plenitud es todavía bastante fuerte para luchar y sufrir hasta que, acabados el sufrimiento y la lucha para lodos, gocemos todos de la eterna Paz.
PAZ A TODOS LOS SERES

